Frankensteins de la lectura.

homovidens

 

 

En la clase de Investigación y análisis económico se nos dejó realizar algunas lecturas que posteriormente serían abordadas en clase con el fin, ambicioso, de forjar el debate y exposición de ideas propias que pudieran contravenir a las de las lecturas, para eso, era necesario que el participante trajera un bagaje cultural aceptable¹.

¿Lo era? No. ¿La razón? La usurpación de los multimedia del lugar sagrado que debería tener en nuestras cabezas, e importante también en nuestros corazones, la lectura. Y este abandono de la lectura nos ha llevado a la pérdida cognitiva, quizá la mayor de las pérdidas, de la capacidad de abstracción. Empezaré la explicación con un personaje muy peculiar y que a mi juico es símbolo de esta pérdida.

Lo he visto cometiendo sin reservas y sin vergüenza, por llamarlo de alguna forma, un pecado capital intelectual: la glotonería bibliotecaria. Lo he visto, mayormente, y aumentando circunstancialmente la magnitud de su pecado, en el caótico y salvaje mundo subterráneo del transporte Metro; otras veces en parques tranquilos, que de ninguna manera lo exculpa, que mientras camina, lee.

¡Qué atrevimiento y qué capacidad cerebral de dividirse en dos actividades y realizarlas de manera correcta y provechosa! Ningún peatón inocente atropellado por un lector que se conduce como un cafre, ningún tropiezo, ningún raspón, tampoco alguna fractura, quizá un vituperio generado por un choque accidental que no pasó a mayores, ninguna muerte – que yo sepa- ni nada digno de mención se ha producido por esta actividad insolente. ¿Quiere decir que se puede continuar haciendo entonces?

De ninguna manera. Dejemos de lado al pobre peatón que se ve en la necesidad de esquivar a estos bibliófagos² y mejor centrémonos en ellos. Me referiré primero brevemente a por qué glotonería bibliotecaria.

Un glotón es aquél que come en exceso y sin miramientos, ningún proceso reflexivo precede a la selección de sus alimentos, el fin de su actividad preferida es el acto de ingerir, tragar, comer; nunca lo es el nutrirse, en su interior, llenar, eventualmente, una talla XL es síntoma de buena salud, no está interesado en aprender a alimentarse.

Análogamente, el glotón bibliotecario lee por leer, no por conseguir, aunque él cree que sí, entendimiento ni una reflexión íntima. Sin ningún filtro reflexivo ha recibido la noticia de que leer te hace mejor persona, te da salud mental y amplía tus horizontes. Piensa que llenar su biblioteca de libros leídos es síntoma de buena salud cognitiva. Pero preguntémosle después algunas cosas sobre la lectura y cuál es el tema central que hila los acontecimientos y trastabillará algunas palabras, además sin ninguna profundidad léxica de por medio, dándonos prueba que su interés nunca ha sido la comprensión, sino solo la lectura. ¿Ha sido voluntaria esa decisión? No, simplemente no se ha dado cuenta que su perdida cognitiva le ha llevado a perder la reflexión y verse a sí mismo –tener conciencia de sí- en sus actos.

Entonces no piensa que lo que hace no ayuda a la compresión, caminar-leer, ni se percata que no entiende lo que lee, o puede que sí pero qué más da. ¿No se ha sorprendido usted leyendo mientras su concentración no está con el libro sino que divaga en otras cosas, pero la acción de leer nunca se ha detenido? Este momento que seguramente le ha pasado, es exactamente lo que se hace cuando se ha perdido la capacidad de abstracción, de razonar lo que se lee. Una especie de piloto automático es lo que funciona en esos instantes. Es como la voz robotizada de una computadora cuando le pides que lea un texto, te lo leerá, pero no lo comprenderá.

Pareciera que este personaje contradice lo que dije al principio sobre que se ha preferido a los multimedia por la lectura, pero no es así. Este personaje ha sido criado, ha crecido con los multimedia como si fueran su niñera: padres que se desobligan de educar a sus hijos y delegan su responsabilidad a la televisión y después al internet. Luego, por moda, o por la efectividad de la omnipotente publicidad que le abre una puerta con el best seller del momento, se adentra en el mundo de los libros, devorando todo a su alcance. Y, finalmente, nos da como resultado este Frankenstein de la lectura. No quiero decir que esta condición es perpetua e irremediable, es posible entrenar la capacidad abstractiva (aunque la mayoría de las veces este personaje se aburrirá antes de proponerse este propósito y volverá a sus antiguos medios de información y entretenimiento), pero no abordaré esta cuestión aquí.

Cómo es que los multimedia hacen semejante cosa. Pues bien, Giovanni Sartori nos ofrece una respuesta en su libro Homo videns. Actualmente, se observa que los primeros contactos del niño con el mundo que existe fuera de las paredes de su habitación se encuentran en la televisión, quizá por divertirlo, quizá por tener un tiempo libre los padres, se le arrumba por horas frente a esa caja de entretenimiento. Lo que sucede en el cerebro del niño es una reprogramación de su naturaleza. El humano ha venido obteniendo la mayor parte de sus conocimientos por medio del sentido de la abstracción, por medio de símbolos, que en la realidad no tienen representación objetiva: los conceptos, las concepciones. Las palabras constituyen símbolos, representaciones que nos remiten a significados en nuestro interior, que si no sabemos qué significan se convierten en simples caligrafías, en donde nos pueden referir a objetos concretos de un solo significado, por ejemplo, una manzana; y otras, como justicia, amor, democracia, solo podemos aproximarnos a ellas a través de ejemplos y significados que nos hemos apropiado a través del tiempo, de la experiencia, que de ninguna manera existe una representación objetiva universal de ellos en la naturaleza, por consiguiente, el amor se entiende según las geografías, costumbres, culturas, filias, etc. Entender lo que se oye también requiere de la capacidad de abstracción; el humano, en un principio, transmitía su conocimiento oralmente. Ahora, la televisión, los multimedia, nos ofrecen la imagen, una imagen que no tiene fronteras idiomáticas, es decir, se entienden en cualquier lugar del mundo: son concretas. En este sentido, dice Sartori (Sartori, 1997):

La televisión está produciendo una permutación, una metamorfosis, que revierte la naturaleza del homo sapiens (…) es un instrumento “antropogenético”, un médium que genera un nuevo ánthropos, un nuevo tipo de ser humano (…) el lenguaje conceptual (abstracto) es sustituido por el lenguaje perceptivo (concreto) que es infinitamente más pobre: más no solo en cuanto a palabras (al número de palabras), sino sobre todo a la riqueza de significado, es decir, de capacidad connotativa.

Las palabras del lenguaje perceptivo son denotativas, a diferencias de las del lenguaje conceptual, que son connotativas. La imagen se ve, solo basta no ser ciegos para entender, pues la imagen se nos muestra en un lenguaje denotativo, universal. Como ya dije anteriormente, gran parte del conocimiento humano, que incluye especialmente al analítico-científico, se ha desarrollado en la esfera de un mundus intelligibilis (de concepciones mentales) que no es en modo alguno el mundus sensibilis, el mundo percibido por nuestros sentidos (…) la televisión invierte la evolución de lo sensible en inteligible y lo convierte en el ictu oculi, en un regreso al puro y simple acto de ver. La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender (Sartori, 1997).

Regresando a la experiencia de los debates y comentarios de las lecturas que nos eran encomendadas hacer, pude observar un rendimiento muy bajo, tanto de entendimiento, como de la destreza verbal con la que exponían sus puntos de vista. El grupo no era capaz de mantener una argumentación coherente, en el alumno un léxico famélico, e implícitamente una abstención de alimentarlo con la aplicación del diccionario sobre las lecturas. Me imagino la decepción de la maestra y la estupefacción por el material humano con el que contaba para desarrollar su clase. Apatía e irresponsabilidad sumémosle. Aquí he expuesto una de las causas de tal experiencia, ha caído mucho el rendimiento cognitivo y se le debe prestar especial atención, pero ¿Cómo incentivar que el alumno busque el remedio de esta enfermedad mental del siglo XXI? ¿Cómo hacer para que en lugar de ocupar el sillón para mirar la televisión lo use para leer un libro? ¿Es posible un transporte público con menos Facebook en los celulares y más e-readers? Volvamos los ojos del exterior a nuestro interior, preocupémonos más por lo que no se ve que por lo que sí.

 

1 La palabra cultura usada en la acepción “restringida y apreciativa” en donde es sinónimo de saber, que aplicado a una persona, da entender que es culta, “que ha hecho buenas lecturas”, como dice Giovanni Sartori.
2 No confundir con el bibliófilo. La diferencia radica, en que este siente amor por los libros, los selecciona, los degusta, les adjudica sentido y les da permanencia en su intelecto. El otro, solo traga y se olvida de ellos pensando en el siguiente.

Bibliografía

Sartori, G. (1997). Homo videns. La sociedad teledirigida. Roma: Suma de letras, S.L.

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